SEMANA SANTA DE REMEMBRANZA Y LAS VIVENCIAS DE AHORA

Editorial. Si algo tienen los recuerdos es que son personales, de cada quien, sin embargo, cuando se comparten resulta que son usanzas, prácticas, estilos, modos y costumbres colectivas. La Semana Mayor tiene eso, por ello es bueno compartir.  
Cada Semana Santa es única, irrepetible con sus particularidades, pero especial, primero porque estas fechas permiten transmitir las costumbres y tradiciones a las nuevas generaciones. Aunque todo va cambiando, nada es estático, condicionado por la modernidad de los nuevos tiempos.
Ahora ya podemos distinguir y valorar entre una Semana Santa del pasado y la de este año. Las experiencias son de acuerdo con el lente que le ha tocado vivir a cada quien. Sin embargo, en algo que podemos coincidir es que las tradiciones se han ido esfumando conforme pasan los años.
Además del cristianismo y las muestras de fe, en estas fechas uno de los íconos es el pan tradicional de Semana Santa. Pero hasta este alimento ha cambiado. Antes, no muchos años atrás, los días eran otros. Nostálgicos ahora, pero esos tiempos eran de mayor convivencia familiar y se esperaban con ansiedad. Las familias planificaban la hechura de su pan de yemas.
Cada núcleo tenía a su panadería o panadero favorito. Días antes se preparaba hasta la leña que alimentaría el horno artesanal de barro para que los panes salieran bien cocidos y sabrosos. Estos días, en varios puntos de Quetzaltenango se ha visto que muchas personas salen con las cajas de panes de los negocios industriales. Buenos también, pero seguramente con otro sabor del de aquellos tiempos.
Dependiendo del número de integrantes de la familia y seres queridos a quienes regalaban pan, se hacía desde una hasta dos o tres arrobas de harina.
La tradición era que fueran todos a presenciar el proceso, desde echarle todos los ingredientes, suficiente levadura, los huevos de gallina criolla, hasta las pasas y jugo de naranja, entre otros, para que la receta y sabor fueran únicos. Se llevaba todo el día esperando que el pan «durmiera» para tomar buen tamaño y consistencia, finalmente al horno y después a empacarlos en los tradicionales canastos. El gusto era comerse uno al momento que los retiraran del calor y los pusieran en las bandejas. Luego, en la casa, todos a comer el primer pan, «solo uno, porque por estar calientes, pueden hacer mal», decían preocupadas las abuelitas.
En los días subsiguientes, lo más grato era sentarse a la mesa y compartir con los papás y hermanos el «pan especial», acompañado con un delicioso chocolate, o si la bendición era mayor, con miel natural o garbanzo preparado con frutas y panela. El intercambio de pan con vecinos y familiares no solo afianzaba la tradición, sino que propiciaba la sana convivencia, algo que se ha ido perdiendo por el aislamiento de las personas en comunidades o ciudades más grandes. En un pueblo todos se conocen, mientras que en una urbe la desconfianza es mayor.
Eran aquellos tiempos, donde se salía a ver el tradicional recorrido de Judas pidiendo pan, no para el monigote, sino para los entusiastas que cargaban todo el día. Luego las representaciones de la Vida, Pasión y Muerte de Jesús, sin mayor escenografía, pero sí con el mensaje de que alguien ofrendó su vida por todos. Vivamos la Semana Santa y si está a nuestro alcance, rescatemos nuestras tradiciones. Fuente: www.elquetzalteco.com.gt

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *